sábado, 23 de enero de 2010

ENTRE LA PIEDRA Y LA CRUZ: MARIO MONTEFORTE TOLEDO



La novela “Entre la piedra y la cruz” (1948) de Mario Monteforte Toledo traza la vida de Pedro Matzar desde su nacimiento hasta su “emancipación”, pasando por las ilusiones de juventud y el desengaño de la adultez. El tono descriptivo y el desarrollo teleológico de la estructura parecieran acercarse a la escuela social realista, que fundamentó el indigenismo latinoamericano de a mediados de siglo (el indigenismo entendido como el esfuerzo institucional para “incorporar” al indígena al mundo occidental).


De hecho, la novela “Entre la piedra y la cruz” sirve para ilustrar un supuesto caso de asimilación de un indígena a la modernidad, realizado obviamente desde la visión hegemónica. Acaso por lo anterior, algunos críticos la han encontrado no sólo como una gran novela guatemalteca sino como un momento cumbre en la actividad cultural del gobierno revolucionario, cuya política étnica era el indigenismo (es decir, la asimilación). En términos postcoloniales se puede afirmar que se trata de una ficción que devela un anhelo criollo y, en términos prácticos, que describe una situación humana que sucede, nos guste o no, con frecuencia.
El desarrollo del conflicto en “Entre la piedra y la cruz” es algo esquemático: Cutuc, indígena adinerado, abusa de Matzar, indígena pobre; don José Escobar, el latifundista criollo y tradicional, es mejor que don Hermán, el latifundista alemán-eurocentrista; Teófilo Castellanos, el ladino comerciante de la ciudad es bueno mientras que Tacho Zeledón, el ladino comerciante en el área rural se aprovecha de los campesinos y demás, pero dicha dicotomía no deja de ser funcional y tener algo de verdad.

El enfoque de la novela procura el humanismo [“¿Por qué comprender hasta entonces que los hombres sólo se dividen en buenos y malos, de todos los climas, de todas las razas?” (p. 220)], pero realmente logra el criollismo, entendido desde Martínez Peláez, al ejemplificar el conflicto que implica la ladinización o aculturación para un indígena (un proceso visto desde afuera; es decir, aunque el paisaje sea diverso, la focalización continúa desde la visión hegemónica).

Por lo tanto, el protagonista no es un personaje idealizado que añore una utopía arcaica sino un actante situado plenamente en un contexto social y una realidad política específica, limitada y brutal. A diferencia de las obras de Miguel Ángel Asturias del mismo período, esta novela se inclina más hacia el registro documental que hacia la recreación poética (o sublimación romántica) de la sociedad guatemalteca.

Pedro Matzar se desplaza entre las contradicciones inherentes a la cultura indígena y la ladina, la rural y la urbana, la búsqueda de superación personal contra las expectativas del núcleo familiar, buscando un nuevo territorio semántico. La descripción de la discriminación en el campo, en el centro educativo, el giro de una institución del estado a otra que realiza Pedro Matzar cerca del fin de la novela no es edificante pero sí es sumamente ilustrativo de la motivaciones íntimas del conflicto interno que desgarraría al país en los años posteriores a la publicación de esta novela.

La epifanía hegeliana que suscita el desenlace pretende la redención del personaje, en tanto dicha acción colectiva suponía una redención de la nación. En tal sentido, la obra se asemeja a lo que hacían varios de sus contemporáneos (notablemente la serie social del brasileño Jorge Amado) y hasta se podría decir que precede a buena parte de las novelas del “Boom” cuya estructuración repetía ingenuamente este desenlace idealizado, con el cual se pretendía subsanar o superar las graves contradicciones, fisuras o abismos sociales y/o individuales esbozados a lo largo de la trama.

A pesar de su destacado criollismo, las agudas observaciones sociológicas de Monteforte logran pasajes conmovedores y memorables. La sección “Casas”, que abarca del capítulo XVII al XXII, me pareció la mejor lograda.

La novela “Entre la piedra y la cruz” (1948) de Mario Monteforte Toledo traza la vida de Pedro Matzar desde su nacimiento hasta su “emancipación”, pasando por las ilusiones de juventud y el desengaño de la adultez. El tono descriptivo y el desarrollo teleológico de la estructura parecieran acercarse a la escuela social realista, que fundamentó el indigenismo latinoamericano de a mediados de siglo (el indigenismo entendido como el esfuerzo institucional para “incorporar” al indígena al mundo occidental).

De hecho, la novela “Entre la piedra y la cruz” sirve para ilustrar un supuesto caso de asimilación de un indígena a la modernidad, realizado obviamente desde la visión hegemónica. Acaso por lo anterior, algunos críticos la han encontrado no sólo como una gran novela guatemalteca sino como un momento cumbre en la actividad cultural del gobierno revolucionario, cuya política étnica era el indigenismo (es decir, la asimilación). En términos postcoloniales se puede afirmar que se trata de una ficción que devela un anhelo criollo y, en términos prácticos, que describe una situación humana que sucede, nos guste o no, con frecuencia.

El desarrollo del conflicto en “Entre la piedra y la cruz” es algo esquemático: Cutuc, indígena adinerado, abusa de Matzar, indígena pobre; don José Escobar, el latifundista criollo y tradicional, es mejor que don Hermán, el latifundista alemán-eurocentrista; Teófilo Castellanos, el ladino comerciante de la ciudad es bueno mientras que Tacho Zeledón, el ladino comerciante en el área rural se aprovecha de los campesinos y demás, pero dicha dicotomía no deja de ser funcional y tener algo de verdad.

El enfoque de la novela procura el humanismo [“¿Por qué comprender hasta entonces que los hombres sólo se dividen en buenos y malos, de todos los climas, de todas las razas?” (p. 220)], pero realmente logra el criollismo, entendido desde Martínez Peláez, al ejemplificar el conflicto que implica la ladinización o aculturación para un indígena (un proceso visto desde afuera; es decir, aunque el paisaje sea diverso, la focalización continúa desde la visión hegemónica).

Por lo tanto, el protagonista no es un personaje idealizado que añore una utopía arcaica sino un actante situado plenamente en un contexto social y una realidad política específica, limitada y brutal. A diferencia de las obras de Miguel Ángel Asturias del mismo período, esta novela se inclina más hacia el registro documental que hacia la recreación poética (o sublimación romántica) de la sociedad guatemalteca.

Pedro Matzar se desplaza entre las contradicciones inherentes a la cultura indígena y la ladina, la rural y la urbana, la búsqueda de superación personal contra las expectativas del núcleo familiar, buscando un nuevo territorio semántico. La descripción de la discriminación en el campo, en el centro educativo, el giro de una institución del estado a otra que realiza Pedro Matzar cerca del fin de la novela no es edificante pero sí es sumamente ilustrativo de la motivaciones íntimas del conflicto interno que desgarraría al país en los años posteriores a la publicación de esta novela.

La epifanía hegeliana que suscita el desenlace pretende la redención del personaje, en tanto dicha acción colectiva suponía una redención de la nación. En tal sentido, la obra se asemeja a lo que hacían varios de sus contemporáneos (notablemente la serie social del brasileño Jorge Amado) y hasta se podría decir que precede a buena parte de las novelas del “Boom” cuya estructuración repetía ingenuamente este desenlace idealizado, con el cual se pretendía subsanar o superar las graves contradicciones, fisuras o abismos sociales y/o individuales esbozados a lo largo de la trama.

A pesar de su destacado criollismo, las agudas observaciones sociológicas de Monteforte logran pasajes conmovedores y memorables. La sección “Casas”, que abarca del capítulo XVII al XXII, me pareció la mejor lograda.

Comentario de: Ronald Flores

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